Si tuviera que resumir en una sola frase mi relación con los eclipses, diría que no solo los observo: los vivo. Para mí, un eclipse total de Sol no es únicamente un fenómeno astronómico. Es una experiencia física, emocional y casi biográfica. Hay una parte científica, por supuesto. Hay técnica, planificación, cámaras, ópticas, cronómetros, mapas, meteorología y logística. Pero también hay algo mucho más difícil de explicar: la sensación de estar delante de un acontecimiento que no se parece a nada más.
He visto muchos eclipses solares a lo largo de mi vida, y el primero que realmente me marcó fue el eclipse total de 1999. Después llegaron otros: el anular de 2005, Libia en 2006, China en 2008, la Isla de Pascua en 2010, y otros más. Cada uno ha sido distinto. Cada uno me ha enseñado algo nuevo. Y cada uno me ha recordado que, por mucha tecnología que lleves encima, sigues dependiendo del cielo, del tiempo y de unos minutos irrepetibles.
Lo que más me fascina de un eclipse total es que reúne muchas cosas a la vez. Es un fenómeno astronómico de enorme precisión, que se puede calcular con años de antelación, pero que se vive de una manera profundamente humana. Uno puede saber exactamente a qué hora llegará la totalidad, cuánto durará y a qué altura estará el Sol, y aun así, cuando el cielo se apaga y aparece la corona solar, la reacción sigue siendo de asombro puro. Nunca deja de impresionarme.

Cómo empezó todo
Mi interés por la astronomía y por los eclipses viene desde que era niño y adolescente, convenciendo a mis padres de que algún día veríamos el eclipse de 1999. Con el tiempo, la observación fue uniendo varias cosas que siempre me han atraído: el cielo, la imagen, la divulgación y la instrumentación. Muy pronto entendí que un eclipse no era solo “algo bonito que ver”, sino también una ocasión extraordinaria para aprender a mirar. Mirar de verdad. Entender la luz, el contraste, el movimiento aparente del cielo, la importancia de la atmósfera, la fragilidad de los tiempos.
Con los eclipses también descubrí algo importante: que fotografiar no es solo registrar. Fotografiar es decidir qué quieres contar. Puedes intentar documentar el fenómeno con rigor, puedes perseguir una imagen estética, puedes hacer un reportaje del viaje, puedes centrarte en la reacción del paisaje o de las personas… o puedes intentar combinarlo todo. En mi caso, probablemente me muevo siempre entre la documentación precisa y la emoción del momento.
Recuerdo especialmente la expedición de Libia en 2006. Fue una experiencia enorme también en lo personal, porque fui con mi padre, que entonces aún vivía, y guardo un recuerdo muy fuerte de aquel viaje en conjunto, no solo del eclipse en sí. Eso es algo que he aprendido con los años: los eclipses no son solo lo que ocurre en el cielo. También son el viaje, las conversaciones, la preparación, la gente con la que compartes la espera y la memoria que se queda después.
Los eclipses y Fotografiarte
Mi padre y yo éramos clientes de Mario incluso antes de que fundase Fotografiarte, cuando trabajaba en una tienda de fotografía en Azata. Allí revelamos nuestras fotos y por ejemplo recuerdo con especial cariño la foto del eclipse de 1999 a la que en Ros le dieron un tinte ligeramente cálido que quedó perfecta. Mi padre y yo le hemos comprado muchísimo material a Mario. Recuerdo que para nosotros los eclipses eran los momentos ideales para poner a prueba los nuevos equipos y en más de una ocasión de las primeras Nikon D1, D2, D3 que entraban en España nos las conseguía Mario para nuestros eventos.

Mi forma de trabajar ante un eclipse
Con el tiempo he desarrollado una forma de trabajar bastante metódica. La emoción está, pero intento que llegue después de haber resuelto todo lo posible. Un eclipse dura muy poco. La fase de totalidad puede ser de apenas unos minutos, y cualquier error pequeño —un cable mal conectado, una batería mal revisada, una exposición mal prevista, una montura mal equilibrada, un reloj desincronizado— puede echar por tierra meses de preparación.
Por eso, para mí, la clave está en planificar con mucha antelación. Antes de cualquier eclipse estudio la geometría del evento, la altura del Sol, la orientación, la meteorología probable, el horizonte y las posibles localizaciones. Me interesa mucho no solo dónde se verá mejor sobre el papel, sino dónde tendrá más sentido fotografiarlo. A veces eso significa elegir un lugar con buen paisaje. Otras veces, uno con mejor estabilidad atmosférica. Y otras, uno que permita documentar mejor tanto el eclipse como su contexto.

También dedico bastante tiempo a la seguridad y a la sincronización. En observaciones solares esto es fundamental. Nunca hay que improvisar. La observación del Sol exige filtros adecuados, materiales fiables y procedimientos muy claros. Y, si además quieres hacer un trabajo riguroso, necesitas saber exactamente qué estás registrando y en qué instante lo estás haciendo.
En algunos eclipses y observaciones recientes he prestado mucha atención a la marca temporal de las imágenes y vídeos. Me interesa no solo obtener una secuencia bonita, sino también poder determinar contactos y fases con la mayor precisión posible. En el eclipse parcial del 29 de marzo de 2025, por ejemplo, realicé la observación con un telescopio Schmidt-Cassegrain Celestron 8 y una cámara Sony a7s II conectada a una capturadora AverMedia, usando SharpCap 4.1 para la adquisición. La sincronización del reloj la hice con software específico de sincronización NTP y, además, comprobé la diferencia de tiempo con la capturadora comparándola con la grabación de un teléfono móvil también sincronizado. Ese tipo de detalle puede parecer excesivo, pero forma parte de mi manera de trabajar: intentar que la parte técnica esté bien resuelta para poder luego concentrarme en el fenómeno.
El equipo: una herramienta, no un fin
Una de las preguntas que más me hacen es qué equipo uso. Y la respuesta honesta es que depende mucho del objetivo de cada observación. No existe un único “equipo ideal” para fotografiar eclipses. Hay una gran diferencia entre querer sacar una imagen de la corona durante la totalidad, documentar las fases parciales, hacer un paisaje con el eclipse integrado en la escena, retransmitir en directo o registrar contactos con precisión.
He trabajado con distintos sistemas, pero para mí lo importante no es tanto el fetichismo del equipo como conocerlo muy bien. Prefiero un sistema fiable, probado y que tenga completamente dominado, antes que una configuración excesivamente ambiciosa que me haga perder flexibilidad el día del eclipse.
Suelo trabajar con telescopios y cámaras que me permitan equilibrar resolución, fiabilidad y rapidez de operación. En los últimos años, por ejemplo, he utilizado instrumental como un Celestron 8 para determinadas observaciones solares, y cámaras como la Sony a7s II en configuraciones donde necesito buena respuesta en vídeo y captación estable. También uso software como SharpCap Pro, que me resulta muy útil en adquisición astronómica. Pero, más allá de las marcas o modelos concretos, lo esencial es que todo el flujo de trabajo esté ensayado.
Para mí, un buen equipo para eclipses tiene que cumplir varias condiciones. Primero, debe ser robusto. Segundo, debe ser suficientemente versátil. Tercero, tiene que permitir una operación sencilla en los momentos críticos. Y cuarto, debe estar respaldado por redundancias: baterías extra, cables duplicados, sistemas alternativos, métodos manuales por si falla algo automático.
Con los años he aprendido a desconfiar de las soluciones demasiado elegantes sobre el papel. En casa todo funciona. En campo, con calor, polvo, viento, prisas o nervios, no siempre. Por eso valoro mucho la sencillez y la repetición. Ensayar una secuencia una y otra vez da más tranquilidad que comprar un accesorio nuevo a última hora.

Entre la fotografía y la ciencia
Mi trabajo no se limita a “hacer fotos bonitas”. Me interesa mucho el valor documental y científico de la observación. En un eclipse conviven muy bien ambos mundos. Se puede buscar una imagen poderosa y, al mismo tiempo, registrar datos útiles o producir material que tenga valor analítico.
Esa mezcla entre ciencia e imagen es una parte muy importante de mi trayectoria. Me interesan los eclipses como fenómeno óptico, astronómico y atmosférico, pero también como experiencia colectiva y como objeto de comunicación. Por eso me atraen tanto los proyectos donde conviven observación, análisis, divulgación y tecnología.
En el caso del eclipse parcial de 2025, por ejemplo, además de la observación en sí hubo un componente claro de procesamiento y análisis. El primer contacto fue estimado visualmente con la imagen en pantalla completa, mientras que el cuarto contacto se determinó automáticamente mediante un algoritmo en Python para detectar el limbo solar. El instante de contacto se correspondía con el primer momento en que se detectaba una parte convexa en la imagen. Ese tipo de trabajo me interesa especialmente porque demuestra que la fotografía astronómica no es solo contemplación: también puede ser medición, validación y estudio.
Al mismo tiempo, me gusta mucho la parte divulgativa. He retransmitido eclipses en directo, he escrito sobre ellos y he participado en expediciones donde la comunicación del fenómeno era tan importante como la observación misma. Creo que un eclipse es una puerta magnífica para que mucha gente se acerque a la astronomía por primera vez. Y eso me parece valiosísimo.
Lo que no se ve en la foto
Hay una parte del trabajo con eclipses que rara vez aparece en la imagen final, y sin embargo es decisiva: la espera. Muchas veces hablamos de “la foto del eclipse” como si fuera el resultado de unos segundos, pero detrás hay muchísimo más. Hay viajes largos, pronósticos meteorológicos cambiantes, simulaciones, mapas, permisos, pruebas, madrugones, frustraciones y decisiones tomadas con información incompleta.
A veces la mejor localización deja de serlo por una nube mal colocada. A veces el plan B termina siendo el bueno. A veces vuelves con imágenes excelentes. Y a veces vuelves con menos de lo que esperabas, pero con una experiencia irrepetible. Los eclipses te obligan a aceptar que no lo controlas todo.
Quizá por eso sigo sintiendo que cada eclipse me enseña humildad. Puedes llevar años observándolos, puedes conocer muy bien la técnica y aun así seguir dependiendo de un margen pequeño de incertidumbre. Y eso, lejos de ser frustrante, también forma parte de su encanto. El eclipse no se deja domesticar del todo.

Mi proyecto más cercano: vivir la serie de eclipses desde España
Estamos además en un momento muy especial para quienes vivimos en España. En muy pocos años vamos a tener una secuencia extraordinaria de eclipses visibles desde aquí, incluyendo el total del 12 de agosto de 2026, el total del 2 de agosto de 2027 y el anular del 26 de enero de 2028, además del parcial de 2025 que ya pasó. Es una oportunidad histórica para observar, fotografiar y divulgar.
Personalmente, el eclipse total del 12 de agosto de 2026 tiene para mí un valor muy especial. No solo por el fenómeno en sí, sino por lo que significa poder vivir un total cerca, en casa, y compartirlo con personas importantes. Los eclipses tienen esa capacidad extraña de mezclar la gran mecánica celeste con la biografía personal. Uno recuerda dónde estaba, con quién estuvo, qué sintió, qué vio en el horizonte, cómo cambió el color de la luz o cómo reaccionó el paisaje.
Ahora mismo me interesa mucho preparar bien ese ciclo de eclipses y afrontarlo no solo como observador, sino también como alguien que quiere documentarlo, explicarlo y compartirlo. Me gustaría que mucha gente descubriera que un eclipse no es algo lejano reservado a especialistas, sino una experiencia accesible, siempre que se viva con preparación y seguridad.
Qué sigo buscando
Después de tantos eclipses, podría pensarse que uno ya ha visto suficiente. En mi caso ocurre lo contrario. Cuantos más eclipses veo, más consciente soy de todo lo que todavía quiero aprender y fotografiar. Me sigue interesando mejorar la captura de la corona, afinar métodos de sincronización, integrar mejor paisaje y fenómeno, desarrollar herramientas de simulación y seguir combinando observación rigurosa con narración visual.
Pero, sobre todo, sigo buscando esa sensación que aparece justo antes de la totalidad: cuando la luz cambia, el ambiente se vuelve extraño y sabes que estás a segundos de ver algo que no se parece a nada cotidiano. En ese instante se resume todo. La ciencia, la técnica, la emoción, la memoria y la fotografía.
Al final, quizá eso sea lo que más me atrae de los eclipses: que obligan a mirar con atención. Y en un mundo acelerado, mirar con atención ya es una forma de privilegio.
Investigador y divulgador científico, lleva décadas observando y fotografiando eclipses por todo el mundo. Su trabajo combina precisión técnica, análisis y una forma muy personal de entender el cielo como algo que se vive, no solo se observa.

