No todo el mundo llega a la fotografía dando vueltas o probando mil caminos antes de decidirse. Hay casos en los que la dirección aparece bastante pronto, casi sin margen para la duda. Con 17 años, Andrea Font ya tenía claro que quería dedicarse a la imagen. Sin rodeos ni planes alternativos. Estudió fotografía y empezó a trabajar prácticamente al mismo tiempo, construyendo poco a poco una trayectoria que hoy se mueve entre el deporte, el agua y los viajes.
Aunque su base es fotográfica, su trabajo ha ido desplazándose hacia el vídeo de forma bastante natural. No responde a una moda ni a una necesidad de adaptarse al mercado, sino a una cuestión más sencilla: con el vídeo siente que puede contar más. Más contexto, más ritmo, más narrativa. Y en un entorno donde todo está en movimiento constante, esa forma de trabajar encaja mejor que cualquier planteamiento más estático.
Más allá del equipo o del tipo de proyectos, hay una idea que atraviesa todo lo que hace: la coherencia. Su trabajo no está separado de lo que le gusta fuera de él. El agua, los viajes, la acción… no son solo escenarios, son parte de su forma de vivir. Y cuando esa línea entre lo personal y lo profesional prácticamente desaparece, es cuando empiezan a salir cosas que tienen algo más que técnica detrás.

De probar de todo a encontrar un camino propio
Como casi todo el mundo que empieza en audiovisual, Andrea no nació especializada. Durante sus primeros años pasó por todo tipo de trabajos: bodas, eventos, proyectos corporativos… ese terreno de prueba donde uno acepta casi cualquier encargo porque lo importante es aprender, equivocarse rápido y, sobre todo, empezar a construir un portfolio.
Sin embargo, hay un momento en el que ese proceso deja de ser suficiente. No porque esos trabajos no sirvan, sino porque empiezas a notar qué te motiva realmente y qué no. En su caso, la respuesta estaba bastante clara: todo lo relacionado con el agua, el deporte y la acción ya formaba parte de su vida personal. No era algo que tuviera que forzar o aprender desde cero, sino un entorno en el que ya se movía con naturalidad.
La decisión de especializarse en ese ámbito no fue tanto estratégica como lógica. Si lo que te apasiona fuera del trabajo coincide con lo que haces profesionalmente, el resultado suele ser más sólido. No solo porque disfrutes más, sino porque entiendes mejor lo que estás grabando o fotografiando. Y eso, aunque no siempre se vea a simple vista, se nota.
Del disparo a la narrativa: por qué el vídeo ganó peso
Uno de los cambios más interesantes en su trayectoria es el paso progresivo de la fotografía al vídeo. No fue un giro brusco ni una ruptura con lo anterior, sino una evolución bastante natural.
Aquí entra en juego tanto la tecnología como el contexto. El salto a cámaras mirrorless abrió muchas más posibilidades en vídeo, algo que con las réflex era más limitado. Pero más allá de eso, hubo un cambio en la forma de contar. Andrea se dio cuenta de que, aunque la fotografía le seguía apasionando, el vídeo le permitía construir historias más completas.
No se trata de que una disciplina sea mejor que otra. La fotografía sigue teniendo una fuerza brutal, pero el vídeo añade capas que en determinados proyectos marcan la diferencia: el sonido, el movimiento, el ritmo narrativo. En el deporte acuático, donde todo ocurre en constante cambio, esa capacidad de construir secuencias tiene mucho sentido.
A eso se suma otro factor práctico: la versatilidad. Poder ofrecer foto y vídeo en un mismo proyecto no solo amplía las posibilidades creativas, sino también las profesionales. Hay producciones donde no cabe un equipo grande, donde solo puede desplazarse una persona. Y si esa persona puede cubrir ambas necesidades, se convierte automáticamente en una opción mucho más interesante.

Trabajar dentro del agua: técnica, desgaste y adaptación
Cuando se habla de fotografía o vídeo acuático, muchas veces se piensa en lo espectacular de las imágenes, pero pocas veces en lo que hay detrás. Y lo cierto es que es un tipo de trabajo bastante más exigente de lo que parece.
A nivel técnico, lo primero es adaptar el equipo. Las carcasas estancas no son un accesorio opcional, son la base. A partir de ahí, todo cambia: el manejo de la cámara, las ópticas que utilizas —normalmente angulares para poder trabajar cerca—, la forma de moverte… incluso la planificación del rodaje.
Pero donde realmente se nota la diferencia es en lo físico. No es lo mismo estar una hora en el agua que pasar varias horas seguidas grabando, moviéndote, pendiente de la acción y de todo lo que ocurre alrededor. En deportes como el waterpolo, por ejemplo, no solo es el partido: están los entrenamientos, los recursos previos, el seguimiento posterior. Jornadas de dos o tres horas dentro del agua que requieren resistencia y adaptación constante.
Y aun así, hay algo que lo compensa todo: es su entorno. No es un sacrificio impuesto, es el lugar donde quiere estar. Y eso cambia completamente la percepción del esfuerzo.

Viajar, crear y contar historias con intención
El trabajo de Andrea también está muy ligado a los viajes, aunque no siempre desde la perspectiva idealizada que solemos ver desde fuera. Sí, hay destinos espectaculares, proyectos internacionales y experiencias únicas, pero también hay una parte menos visible: pasar gran parte del año fuera de casa, adaptarse constantemente a nuevos entornos y gestionar proyectos en condiciones cambiantes.
En su caso, combina trabajos para marcas —sobre todo relacionadas con el deporte, la aventura o el turismo— con proyectos personales. Y es precisamente en estos últimos donde aparece una de las claves de su trabajo: la intención.
Sus documentales no se limitan a mostrar lugares o situaciones. Buscan lanzar un mensaje. Uno de los ejemplos más claros es su trabajo en Bali, donde aborda cómo el turismo está transformando tradiciones y entornos naturales. No desde una postura radical, sino desde un equilibrio entre lo positivo y lo crítico.
Hay una idea que atraviesa todo su discurso: viajar es un privilegio. Y desde ahí, la forma de contar cambia. No se trata solo de enseñar, sino de hacerlo con cierta responsabilidad, siendo consciente del impacto que tiene lo que mostramos.

Enseñar, compartir y construir comunidad
Otra parte importante de su trayectoria es la formación. Aunque su aprendizaje ha sido en gran medida autodidacta, con el tiempo ha desarrollado distintos formatos para compartir lo que sabe: mentorías individuales, cursos online, masterclasses y workshops.
Lo interesante es que estos últimos rompen bastante con lo habitual. Sus workshops de viaje no están centrados exclusivamente en la técnica fotográfica o de vídeo. De hecho, ese no es el eje principal. El foco está más en el desarrollo personal, en cómo cada persona se enfrenta a su propio proceso creativo y profesional.
El viaje funciona como contexto, como espacio donde salir de la rutina y trabajar desde otro lugar. La fotografía y el vídeo están presentes, pero no como objetivo final, sino como herramientas dentro de un proceso más amplio.
Esa forma de entender la formación conecta bastante con su propia experiencia. Porque si algo repite es la importancia de compartir, incluso cuando estás empezando. Enseñar lo que haces, aunque no sea perfecto, y hacerlo con la ilusión suficiente como para que otros lo perciban. Muchas veces, ese es el primer paso para que empiecen a llegar oportunidades.


