Kodak: ¿último carrete o la foto final de un gigante?

Pocas marcas en la historia de la fotografía han tenido un peso tan enorme en el imaginario colectivo como Kodak. Desde sus carretes amarillos que conquistaron el mundo hasta las primeras cámaras digitales profesionales, la compañía ha sido sinónimo de capturar recuerdos. Pero ahora, tras más de 130 años de historia, Kodak se enfrenta a una amenaza que no viene de la competencia, sino de sus propias cuentas: medio billón de dólares en deuda y ninguna garantía de poder pagarla.

En su último informe a la SEC (el organismo regulador bursátil de Estados Unidos), Kodak ha reconocido que hay “sustancial duda” sobre su capacidad de seguir operando. Las cifras son duras: 500 millones de dólares de obligaciones financieras, apenas 155 millones en efectivo, y un desplome en bolsa de hasta un 25 % en cuestión de horas. Para contener la sangría, la empresa ha congelado los pagos a su plan de pensiones. Un recorte que suena más a medida desesperada que a estrategia calculada.

Esta no es la primera vez que Kodak se asoma al precipicio. En 2012 ya se declaró en bancarrota y logró salir con un modelo de negocio reducido, apostando por la impresión industrial, los químicos y el cine profesional. Sin embargo, la sombra de aquel imperio fotográfico sigue pesando… y no necesariamente para bien.

De “usted apriete el botón” al botón de alarma

Cuando George Eastman fundó Eastman Kodak en 1892, la fotografía todavía era un proceso complicado y reservado a unos pocos. La revolución llegó con una idea tan simple como brillante: vender cámaras baratas y ganar dinero con el carrete. En 1900 lanzaron la Kodak Brownie, una cámara de un dólar que popularizó la fotografía entre el gran público.

En las décadas siguientes, Kodak perfeccionó sus películas fotográficas hasta el punto de dominar el 90 % del mercado en Estados Unidos. Su característico carrete de 35 mm se convirtió en un estándar mundial, tanto para aficionados como para profesionales.

Lo que muchos no saben es que Kodak fue pionera también en lo digital. En 1975, un ingeniero de la casa, Steve Sasson, inventó la primera cámara digital de la historia. El prototipo era un armatoste que grababa imágenes en cinta de casete, con una resolución de apenas 0,01 megapíxeles. La empresa decidió no lanzarla al mercado, temiendo que pudiera canibalizar su negocio de película. Una decisión que hoy se estudia en escuelas de negocios como ejemplo de cómo perder un tren.

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Las primeras DSLR y el salto que no se dio

En 1991, Kodak presentó la DCS-100, la primera DSLR comercial, ensamblando un cuerpo Nikon F3 con un sensor digital y una unidad de almacenamiento independiente. Era cara, pesada y diseñada para uso profesional, pero demostró que la fotografía digital era viable.

Durante años, Kodak siguió desarrollando sensores y cámaras digitales en colaboración con otras marcas, pero su estrategia siempre fue ambivalente: apostar por lo nuevo, sin dejar de depender de lo viejo. Cuando llegó la avalancha de cámaras compactas digitales y, poco después, los smartphones con cámaras cada vez mejores, Kodak no tenía un plan sólido. El golpe final llegó con el iPhone en 2007: en pocos años, las ventas de compactas cayeron en picado, y con ellas gran parte de los ingresos de Kodak.

El renacer de 2013 y la diversificación

Tras declararse en bancarrota en 2012, Kodak se reestructuró y volvió en 2013 con un enfoque muy diferente. Abandonó el mercado de cámaras para consumo y se centró en:

  • Impresión digital: sistemas industriales para embalaje y artes gráficas.
  • Película para cine: aprovechando el resurgir del rodaje analógico en Hollywood.
  • Licencias de marca: desde cámaras desechables hasta pilas y accesorios.
  • Químicos y farmacéutica: durante la pandemia, incluso recibió un préstamo del gobierno de EE. UU. para producir ingredientes farmacéuticos.

Pese a estos intentos de diversificación, las cifras actuales muestran que no ha sido suficiente para mantener una estructura financiera sólida.

¿Qué perdería la fotografía si desaparece Kodak?

Aunque la fotografía digital y los smartphones dominen el mercado actual, Kodak sigue ocupando un lugar importante en varios frentes. En el terreno analógico, sus rollos más emblemáticos, como el Portra o el Ektar, continúan siendo elección habitual para muchos fotógrafos que apuestan por la textura y el color de la película química

En el cine, algunas de las producciones más ambiciosas de Hollywood todavía se ruedan en 35 mm y 70 mm de Kodak, preservando esa estética y grano que ningún sensor digital ha logrado imitar del todo.

Su valor va más allá de lo comercial: hablamos de un patrimonio cultural inmenso, compuesto por millones de negativos, carretes y películas históricas fabricadas por la compañía, junto con el saber técnico acumulado durante más de un siglo. Si Kodak desapareciera, no sería el fin del film fotográfico, pero sí la pérdida de uno de sus fabricantes más icónicos y de un símbolo que forma parte de la memoria visual del siglo XX.

Anécdotas y curiosidades de Kodak

Durante décadas, en Estados Unidos, la frase “captura el momento Kodak” se convirtió en sinónimo de “hazme una foto”. No era solo un lema publicitario, sino un guiño cultural que caló en el lenguaje popular y acompañó a la marca en su edad dorada.

Kodak también dejó su sello en la industria cinematográfica, llevándose varios premios Oscar técnicos de la Academia por sus avances en emulsiones y soportes de película. Innovaciones que, sin ser tan visibles para el gran público, transformaron la manera de rodar y proyectar películas.

No todo fue impecable. Sus emulsiones de color históricamente estaban calibradas al tono de piel caucásico, lo que durante años generó críticas por la falta de fidelidad hacia otras tonalidades. Un recordatorio de cómo la técnica y la cultura pueden entrelazarse… y no siempre de la mejor manera.

En los años 60 y 70, circulaba entre aficionados la creencia de que el carrete 127 ofrecía colores más vivos que cualquier otro. No hubo confirmación oficial, pero el mito sigue vivo en conversaciones entre nostálgicos de la película analógica.

Incluso fuera de nuestro planeta, Kodak dejó huella: las misiones Apolo y otras hazañas espaciales se capturaron con película diseñada por la marca para soportar temperaturas extremas y radiación. Un trabajo que demuestra que su legado no entiende de fronteras… ni siquiera las terrestres.

Un carrete que se acaba… pero que podría rebobinar

El caso de Kodak es, en el fondo, una advertencia: no basta con ser pionero, hay que adaptarse rápido a los cambios. La marca que enseñó al mundo a capturar recuerdos podría acabar convertida en un recuerdo más, a menos que encuentre la forma de reinventarse por segunda vez. Y en este punto, lo único claro es que el reloj —y el obturador— corren en su contra.

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