Desde que me recuerdo haciendo fotos, mi objetivo ha sido desarrollar una forma de mirar propia. Esa búsqueda siempre ha estado estrechamente ligada al equipo con el que he ido trabajando a lo largo de más de treinta años, entendido no solo como una herramienta técnica, sino como una extensión directa de la narrativa visual que quiero construir. En ese camino, Leica siempre estuvo en un horizonte técnico y conceptual: por su manera de entender la fotografía y por cómo dialoga con mi forma de marcar los tiempos, la atmósfera y el relato de la imagen.
Mi entrada en la marca fue discreta. Comencé con una Leica D-Lux 7, una cámara que disfruté durante aproximadamente un año y que me permitió familiarizarme con ese lenguaje visual tan particular. Más adelante, tras rodar la película Calladita (Netflix, 2022) trabajando con ópticas Leica de cine, sentí la necesidad de dar un paso más y saltar al sistema SL. Fue entonces cuando descubrí una nueva dimensión en la gestión del color y la textura: la respuesta del sensor, la profundidad tonal y la manera en que la imagen se construía desde la luz me resultaron reveladoras.

Ópticas vintage, imperfección y construcción de identidad
A partir de ahí, la investigación y experimentación se convirtieron en parte fundamental del proceso. Comencé a hacerme con una colección de ópticas vintage, cristales fabricados en su mayoría durante la década de los 70, que aportan una interpretación de la imagen radicalmente distinta. Estas lentes, con sus imperfecciones y particularidades ópticas, me han permitido obtener resultados con un carácter muy marcado, alejados de la homogeneización estética actual y más cercanos a una imagen con identidad, textura y personalidad propia. Trabajando la postproducción en la misma línea para conseguir imágenes cálidas y evocadoras.

La elección de la cámara nunca es casual. En mi caso, disparar en Leica combinada con ópticas vintage responde a una necesidad creativa muy concreta: alejarme de lo predecible. Estas herramientas me permiten introducir imperfecciones, matices y una textura orgánica que dialoga directamente con la transmisión de sensaciones, ya sea en foto fija o en movimiento. Recordemos que la Leica SL3s es una magnífica herramienta que imprime a los vídeos el mismo carácter con el que trabaja la fotografía.
Este cambio no es una cuestión de nostalgia, sino de identidad. Es una forma de imprimir un sello personal en cada fotografía, de crear imágenes con carácter, honestas y expresivas, que reflejen mi manera de mirar. Salirme del camino siempre ha sido parte del proceso y hoy esa búsqueda pasa por usar herramientas que me ayuden a crear imágenes que reflejen mi estilo propio.

Fotografía de conciertos y narrativa visual del directo
Mi aproximación a la fotografía de conciertos surge como una consecuencia natural, cuando empecé a acompañar a mi pareja a sus sesiones de DJ en diferentes festivales. Y comparte motivación con mi profesión de director de fotografía: la necesidad de contar una historia. Más allá de documentar lo que sucede sobre el escenario, me interesa construir un relato visual que trascienda el instante, donde cada imagen funcione como el fragmento de una película que sucede ante mí. La actuación se convierte así en un espacio dramático, con ritmo propio, clímax y pausas.

La luz juega un papel fundamental en este proceso. Lejos de buscar una representación limpia o descriptiva, trabajo interpretando la luz del espacio. La aprovecho como un elemento expresivo, sacándole partido a los contrastes extremos, a las siluetas que dibujan y a esas atmósferas densas que potencian la emoción del show. Las texturas, el color o el movimiento se convierten en aliados para transmitir la energía del directo y su carácter.
En este contexto, la narrativa visual actúa como hilo conductor del reportaje. Observar, anticipar y decidir cuándo no disparar es tan importante como capturar el gesto o el instante clave. Mi objetivo es que la serie final no solo retrate el concierto, sino que transmita cómo se sintió ese directo. Un relato coherente en el que técnica, estética y emoción trabajan juntas al servicio de la historia.

La Leica M11-P como herramienta de reflexión en el rodaje
En este proceso reciente, la incorporación de la Leica M11-P ha supuesto una nueva capa en mi manera de relacionarme con la imagen. La utilizo principalmente en rodajes, para fotografiar behind the scenes, y me sirve para conservar la memoria de cada proyecto. Estas imágenes son mi archivo personal de los rodajes, de los equipos y de los momentos que normalmente quedan fuera del plano rodado.

Al mismo tiempo, el uso de la M11-P me permite reformular y afinar mi mirada durante el propio rodaje. Fotografiar con una cámara telemétrica, más pausada y consciente, me obliga a observar desde otro lugar, a prestar atención a los detalles, a la luz y a los gestos que ocurren entre toma y toma. Ese ejercicio influye directamente en mi trabajo como director de fotografía, alimentando mi visión y reforzando una relación más intuitiva y reflexiva con la imagen en movimiento.
Disparar con Leica, experimentando con series clásicas de sus lentes míticas, me ha situado en un lugar distinto dentro de mi propio proceso creativo. Más que una cuestión de estatus, se trata de una toma de conciencia. Pasas a formar parte de una tradición fotográfica que ha marcado la historia, que empodera la imagen y la mirada. Trabajar con una marca mítica, cargada de legado, me conecta con una forma muy concreta de entender la fotografía. Ese vínculo con la tradición sitúa mi trabajo en un escalón más exigente, donde la búsqueda de imágenes con carácter, honestidad y personalidad se convierte en un compromiso constante.
Director de fotografía con una mirada profundamente narrativa, donde la luz, el tiempo y la atmósfera son elementos estructurales del relato. Su trabajo transita entre el cine, la fotografía y el audiovisual, combinando rigor técnico con una búsqueda constante de identidad visual y honestidad expresiva.
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