No hay grandes puestas de sol perfectamente alineadas, ni reflejos imposibles, ni escenas construidas para llamar la atención. Es otra cosa. Más cercana. Más insistente. Más constante.
Documentar. Salir a la calle, o ir a una fiesta, y fotografiar lo que está pasando, sin esperar a que ocurra algo extraordinario. Porque muchas veces no ocurre. Y no pasa nada.
Al final, lo que queda no es la foto perfecta. Es el conjunto. Es el archivo. Es poder volver atrás y ver cómo era todo cuando todavía estaba ahí. Detrás de esa forma de mirar está mi trabajo como fotógrafa.
Mi nombre es Lucía Garó, un nombre que nace de mis dos apellidos y que utilizo como identidad dentro de mi trabajo.

Empezar desde la base
Empecé con 14 años, aunque en realidad la cámara siempre estuvo presente en casa. No como algo artístico ni profesional, sino como una forma de guardar recuerdos. Cumpleaños, viajes, Navidades… lo típico. Era algo natural, casi automático, sin pensarlo demasiado.
Antes de tener una cámara propia ya hacía fotos con todo lo que tenía a mano. Móviles, cámaras compactas… incluso la cámara de una Nintendo. No había una intención clara más allá de hacer fotos porque sí, por probar, por ver qué salía. Pero ya estaba ahí esa curiosidad.
El cambio llegó cuando decidí comprarme mi primera cámara con mis propios ahorros: una Nikon D3200 con el objetivo kit, el típico pack que venía con todo, incluido el famoso “pisapapeles” y hasta una bandolera. En aquel momento, la decisión tampoco era complicada. Era esa Nikon o la Canon 1200D que tenían en el Carrefour. Probé ambas y la Canon no me resultó cómoda en la mano, así que me fui directa a por Nikon sin darle muchas más vueltas.

Y a partir de ahí, simplemente empecé. Sin presión, sin expectativas grandes. Mucho paisaje, salir a hacer fotos siempre que podía, probar cosas, equivocarme constantemente. Aprender por mi cuenta, buscar información, meterme en foros, en grupos, ver qué hacía otra gente y participar en conversaciones sobre fotografía. No tanto por destacar, sino por entender mejor lo que estaba haciendo y seguir avanzando.
Si miro atrás ahora, veo muchas cosas que no haría igual. Ediciones muy pasadas, abuso del HDR, el típico “splash”, colores que hoy me parecen exagerados… pero en ese momento tenía sentido. Era parte del proceso de aprendizaje. De probar, de equivocarte y de ir afinando poco a poco el criterio.
No hubo un plan claro ni una idea de hasta dónde quería llegar. Simplemente fue empezar y no parar.
El momento en el que pasa a ser trabajo
No hubo un momento concreto en el que todo cambiase de golpe. No es una historia de “a partir de aquí todo fue diferente”.
Pero sí hay un punto claro donde deja de ser algo que haces porque te gusta y empieza a tener responsabilidad detrás.
En mi caso fue con 17 años, cuando recibí mi primer encargo pagado para fotografiar un festival. Un festival que ya había cubierto el año anterior sin cobrar, simplemente por estar allí, por hacer fotos, por aprender. Y ese trabajo gustó.

Cuando me llamaron para hacerlo de forma profesional, no lo viví como un salto enorme, sino como una continuidad lógica de lo que ya estaba haciendo. La diferencia es que, a partir de ahí, ya no dependía solo de mí. Empiezas a entender que no se trata solo de hacer fotos que te gusten, sino de cumplir con un trabajo, de estar a la altura, de responder a lo que esperan de ti. De entregar, de ser constante, de repetir el nivel.
Y eso cambia la forma en la que trabajas. Sigues saliendo a fotografiar, sigues disfrutando, pero ya no es solo para ti. Empieza a haber tiempos, compromisos, expectativas. Empieza a haber continuidad.
Desde entonces han pasado siete años trabajando de forma regular, y si algo ha cambiado no es tanto la forma de fotografiar, sino la forma de entender el trabajo: menos impulso, más constancia.
Sin grandes giros. Sin momentos épicos. Sota, caballo y rey. Pero funcionando de continuo.

Evolución del equipo: de Nikon a Sony (y Fuji)
Durante nueve años trabajé con Nikon. Empecé con la D3200, que fue con la que aprendí prácticamente todo desde cero, y con el tiempo fui dando el salto a modelos más completos, pasando por dos D7500 que acabaron siendo mi base durante bastante tiempo.
En cuanto a ópticas, el recorrido fue bastante el típico de alguien que va creciendo poco a poco dentro de la fotografía. Empecé con los objetivos de kit, que al final son los que te permiten entender lo básico, y poco a poco fui ampliando.
Primero con un 50mm 1.8 de Yongnuo, luego el 35mm 1.8 de Nikon, que fue un cambio importante en su momento, y más adelante ya di el salto a Sigma con el 17-50 2.8 y el 80-200 2.8. Con ese conjunto acabé cubriendo prácticamente todo tipo de eventos durante años, adaptándome a cualquier situación sin necesidad de mucho más.
Era un equipo que funcionaba, que conocía bien y con el que podía trabajar sin problema. Pero con el tiempo empecé a notar ciertas limitaciones, sobre todo cuando el vídeo empezó a tener más peso en mi trabajo. Cada vez me pedían más, y yo misma veía que necesitaba herramientas que me permitieran responder mejor en ese sentido.

Fue ahí cuando, en enero de 2025, decidí cambiar de sistema y pasarme a Sony. Empecé con una Sony A7 IV acompañada de un Tamron 28-75 2.8 G2, y más adelante incorporé el 70-180 2.8 G1. A partir de ahí fui sumando otras ópticas más específicas según las necesidades de cada trabajo, afinando el equipo en función de lo que iba haciendo.
Hoy en día, la Sony es claramente mi herramienta de trabajo. Es el equipo en el que confío cuando tengo que rendir: por fiabilidad, por rapidez y por calidad. Es la cámara que utilizo cuando sé que no puede haber margen de error.
Pero al mismo tiempo, empecé a sentir la necesidad de separar ese “equipo de trabajo” de mi día a día. No siempre apetece salir con peso encima ni con la sensación de estar trabajando constantemente. Por eso busqué algo más ligero, más cómodo, algo que me permitiera seguir documentando sin esa carga.
Ahí es donde entra la Fuji X-M5, que poco a poco se está convirtiendo en mi cámara para lo cotidiano. Para salir sin presión, para fotografiar sin pensar demasiado en el equipo, simplemente por el hecho de hacerlo.
Al final, más que marcas o modelos, lo importante es entender para qué usas cada cosa. En mi caso está bastante claro: por un lado, el equipo de trabajo, donde prima la fiabilidad y el rendimiento; y por otro, el equipo del día a día, donde lo que busco es ligereza, comodidad y libertad.
Porque no siempre se trata de tener más, sino de tener lo que necesitas en cada momento.

Qué fotografío (y qué no)
A nivel profesional me considero una fotógrafa integral, aunque con una especialización clara en eventos sociales y culturales. A lo largo de estos años he trabajado en distintos ámbitos: eventos corporativos, bodas, fiestas y festivales, conciertos, eventos deportivos, fotografía inmobiliaria, lifestyle y producto, además de generar contenido para empresas y marcas.
A nivel personal, lo que más me interesa es la documentación: lugares, turismo, vida cotidiana y, especialmente, el folclore.
Hay áreas con las que no conecto tanto. El retrato más posado, por ejemplo, me cuesta. No me siento cómoda dirigiendo a alguien o indicándole cómo colocarse. Por eso, cuando hago sesiones, prefiero plantearlas desde otro enfoque: un paseo, una conversación, generar un ambiente de confianza y capturar lo que surge de forma natural.
Asturias: raíz, contexto y dirección
Asturias no es solo un lugar donde trabajo, es la base: de dónde vengo, lo que entiendo y también lo que fotografío. Desde pequeña he estado vinculada al folclore y a la tradición, tanto en el baile como en la música. No es algo que haya descubierto con el tiempo, sino que siempre ha formado parte de mi entorno, y por eso me interesa documentarlo.
Porque muchas cosas se están perdiendo, o directamente se están simplificando. Parece que cada vez hay más prisa por llegar al resultado sin pasar por el proceso, sin entender lo que hay detrás.
Mi intención no es idealizarlo, sino registrarlo: generar archivo y crear contenido que también pueda servir para aprender o, al menos, para despertar el interés de quien lo vea. Esa forma de mirar también influye directamente en cómo selecciono y entiendo cada imagen.

Criterio y selección
No fotografío todo lo que veo, aunque desde fuera pueda parecerlo. Trabajo mucho y genero bastante material, pero siempre hay un filtro. Primero, un criterio técnico: que la imagen esté bien resuelta, que funcione a nivel de luz, enfoque y composición. A partir de ahí entra algo más difícil de definir, que tiene más que ver con la intuición: que la foto diga algo, que tenga sentido dentro de lo que estoy contando.
Me interesan especialmente las escenas cotidianas, la luz bien trabajada, los paisajes con niebla y ese punto de contraste que ayuda a dar forma a la imagen sin forzarla. Soy exigente conmigo misma a la hora de seleccionar. Prefiero coherencia antes que cantidad. Que el conjunto tenga sentido y funcione como un todo.
La realidad del trabajo
Desde fuera, la fotografía muchas veces se entiende como un resultado. Una imagen bien hecha, un momento capturado a tiempo, algo que funciona visualmente y que se puede consumir rápido. Es lo que llega a redes, lo que se comparte, lo que la gente ve y valora. Pero esa es solo la parte final.
Detrás hay un proceso mucho más largo y, sobre todo, mucho más exigente de lo que parece. Hay jornadas de trabajo muy concentradas, especialmente en eventos, donde todo ocurre en pocas horas y no puedes fallar. Tienes que estar atenta constantemente, anticiparte, moverte, adaptarte a lo que va pasando sin margen de error. No hay segundas oportunidades.
Cuando termina el evento, el trabajo no acaba. De hecho, en muchos casos, empieza otra parte igual de importante. Descargar, organizar, revisar todo el material, seleccionar, editar. Horas delante del ordenador tomando decisiones, afinando cada imagen para que el conjunto tenga coherencia y sentido. No es solo elegir fotos “bonitas”, es construir un relato con lo que ha pasado.
A eso se suma toda la parte invisible de organización: gestionar archivos, mantener un orden, cumplir tiempos de entrega, responder, preparar material… cosas que no se ven, pero que sostienen el trabajo.
Y en medio de todo eso está el trato con la gente, que probablemente es lo más complejo de gestionar. No siempre hay una comprensión real de lo que implica este trabajo. A veces no se respetan los tiempos, ni los procesos, ni el espacio que necesita un fotógrafo para trabajar bien dentro de un evento. O no se entienden cuestiones básicas como el uso de las imágenes o el valor que tiene todo lo que hay detrás de cada entrega.

No es algo puntual, forma parte del día a día. Y con el tiempo aprendes a manejarlo, a adaptarte, a poner límites cuando hace falta y a seguir trabajando incluso cuando el contexto no es el mejor.
Aun así, compensa. Compensa cuando el trabajo llega a quien tiene que llegar, cuando alguien se reconoce en las imágenes o cuando simplemente funcionan y se comparten. Compensa cuando empiezan a recomendarte, cuando vuelven a contar contigo, cuando se genera una continuidad sin necesidad de estar constantemente buscándola.
El boca a boca sigue siendo una de las formas más reales de crecer, porque no depende de lo que dices tú, sino de lo que perciben los demás. Y al final, más allá de cada foto concreta, lo que se va construyendo es confianza. En tu forma de trabajar, en tu criterio, en tu manera de estar en un evento.
Eso es lo que realmente sostiene todo lo demás. Y eso es lo que hace que todo lo demás merezca la pena.

Archivo y continuidad
Sigo haciendo fotos porque forma parte de mi vida. No es una decisión que tome cada cierto tiempo, ni algo que tenga que replantearme. Simplemente está ahí. Es mi forma de estar, de moverme, de entender lo que tengo delante.
No busco constantemente reinventarme ni hacer algo completamente distinto en cada trabajo. Me interesa más la continuidad. Seguir saliendo, seguir documentando, seguir construyendo un archivo que, con el tiempo, tenga sentido.
A largo plazo, lo que me interesa no es solo acumular trabajos, sino construir algo más sólido alrededor de ellos. Una comunidad donde conviva todo: gente que hace fotos, gente que las consume sin más, y gente que se interesa por la cultura y lo que hay detrás de cada imagen.
Porque muchas veces la fotografía no es solo la imagen, sino el contexto, lo que representa, lo que conserva.
Y si hay algo que valoro especialmente es cuando alguien me dice que mi trabajo le transmite calma. No porque lo busque de forma consciente en cada disparo, sino porque, al final, es una consecuencia natural de cómo miro. De no forzar, de no exagerar, de dejar que las cosas pasen y estar ahí para registrarlas.
Sin ruido. Sin necesidad de hacerlas más grandes de lo que son. Solo dejándolas estar.
Fotógrafa centrada en documentar lo que ocurre sin forzarlo. Su trabajo se mueve entre eventos, cultura y vida cotidiana, construyendo archivo más que imágenes sueltas, con una mirada que prioriza lo real frente a lo espectacular.
Combina su trabajo profesional con una línea más personal centrada en turismo, tradiciones y escenas cotidianas. Su forma de fotografiar parte de la intuición y del contexto, dejando que las imágenes funcionen sin necesidad de exagerarlas.
Además, desarrolla proyectos propios enfocados en la documentación del folclore y la cultura popular, con la intención de conservar, mostrar y generar interés por aquello que forma parte del entorno pero muchas veces pasa desapercibido.

