Reconstruyendo una intuición. Por Lucia Lamata

Durante muchos años fotografié sin comprender del todo qué era aquello que estaba buscando.

Cuando alguien me preguntaba de qué trataba mi trabajo, respondía que hablaba del cuerpo, de la identidad, de la diferencia o de la belleza. Pensaba que cada proyecto respondía a un tema concreto y que cada serie exploraba una cuestión distinta. Sin embargo, con el paso del tiempo empecé a sospechar que todas esas palabras describían las fotografías, pero no explicaban realmente por qué las hacía.

Mi trabajo se ha desarrollado principalmente en torno al retrato contemporáneo y a la construcción de la identidad. A lo largo de los últimos años he expuesto en festivales como PHotoEspaña y en exposiciones individuales y colectivas en España, Reino Unido, Italia, Japón y Estados Unidos. Mis fotografías también han formado parte de libros, revistas y publicaciones internacionales.

Sin embargo, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que esos hitos explican el recorrido de una carrera, pero no necesariamente el origen de una práctica. Lo que realmente ha dado continuidad a mi trabajo no han sido los proyectos ni los lugares donde se han mostrado, sino una forma de mirar que ha permanecido constante desde el principio.

Hace un tiempo decidí revisar mi archivo. Quería entender qué había estado haciendo durante todos esos años. Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado. Fotografías realizadas en momentos muy distintos, con personas que nunca se habían conocido y en contextos completamente diferentes empezaron a dialogar entre sí. Dejaron de parecer proyectos independientes y comenzaron a revelar una continuidad que hasta entonces había pasado desapercibida. Comprendí que llevaba años investigando la misma pregunta sin saberlo.

Cuando el archivo empieza a hablar

Creo que eso ocurre con frecuencia en la práctica artística. Existe la idea de que un proyecto nace de una investigación previa y que las imágenes son el resultado de una idea ya formulada. Mi experiencia ha sido la contraria. Durante mucho tiempo no tuve una teoría que guiara mi trabajo. Tenía una intuición. Las fotografías aparecieron primero; las palabras llegaron mucho después.

Mirar el archivo fue, en cierto modo, aprender a leer esa intuición. Hasta entonces pensaba que había fotografiado temas diferentes. Hoy creo que todas las imágenes perseguían el mismo instante: el momento en que una persona deja de sentir la necesidad de defender quién cree que es.

No hablo de una renuncia a la identidad ni de un momento excepcional. Hablo de algo mucho más cotidiano: esos instantes en los que desaparece, aunque solo sea durante unos segundos, la necesidad de justificarse frente a la mirada de los demás. Un momento en el que alguien puede simplemente estar.

Durante mucho tiempo pensé que lo que buscaba era la vulnerabilidad. Hoy creo que esa palabra no termina de describirlo. La vulnerabilidad sigue implicando una cierta exposición. Lo que realmente me interesaba era otra cosa: el descanso.

Quizá llevo años fotografiando el lugar donde me gustaría vivir. No hablo de un lugar físico. Hablo de un estado. Un lugar donde nadie tenga que explicar continuamente quién es. Donde nadie tenga que defenderse. Donde una persona pueda descansar siendo quien es.

El retrato como un lugar donde permanecer

Cuando entendí eso, muchas fotografías cambiaron delante de mis ojos. No porque las imágenes fueran diferentes, sino porque por primera vez comprendía qué era lo que las unía.

También entendí que nunca había estado buscando personas “diferentes”. Lo que me interesaba era encontrar personas que, de alguna manera, ya habitaban ese lugar. O que conseguían habitarlo durante el tiempo que duraba la fotografía.

Ese descubrimiento cambió mi manera de entender el retrato. Dejé de pensar en él como una herramienta para representar una identidad y empecé a verlo como un espacio de encuentro. Más que definir a una persona, me interesaba acompañarla durante un instante en el que ya no necesitaba representarse a sí misma.

Con el tiempo también cambió mi relación con la cámara. Siempre me ha interesado la fotografía como un proceso compartido, no como un acto de apropiación. Hoy creo que fotografiar consiste menos en dirigir que en permanecer. Permanecer el tiempo suficiente para que aparezca algo que no puede forzarse: un gesto, un silencio o una forma de mirar que nace de la confianza.

Mirando hacia atrás me doy cuenta de que esa búsqueda ha estado presente desde mis primeras fotografías. Cambiaron los proyectos, los referentes y mi manera de trabajar. Sin embargo, la intuición permanecía intacta.

Durante mucho tiempo me preocupó no encontrar un concepto que organizara mi trabajo. Pensaba que todavía no había descubierto “mi tema”. Hoy creo que estaba buscando en el lugar equivocado.

Mi trabajo no tenía un tema. Tenía una obsesión. Y las obsesiones no se inventan. Se descubren.

Una misma pregunta a lo largo del tiempo

Con el tiempo he entendido que una trayectoria artística no siempre consiste en cambiar de tema. Muchas veces consiste en acercarse una y otra vez a la misma pregunta desde lugares distintos. Cambian las imágenes, cambian las personas y cambia quien fotografía, pero hay preguntas que permanecen. Creo que esa ha sido la mía.

¿Cómo llega una persona a sentirse, por fin, en casa dentro de sí misma?

No creo que mis fotografías respondan a esa pregunta. Tampoco pretenden construir una teoría sobre la identidad. Lo que intentan es crear un espacio donde esa pregunta pueda permanecer abierta.

Revisar mi archivo también cambió mi manera de entender las propias imágenes. Durante mucho tiempo pensé que eran el resultado de una idea. Hoy creo que sucedía lo contrario. Las fotografías eran la forma que tenía mi intuición de trabajar antes de que yo pudiera ponerle palabras.

Por eso “Reconstruyendo una intuición” no nace de una idea previa. Nace del momento en que miro hacia atrás y descubro que toda mi práctica fotográfica había estado organizada por la misma pregunta.

No siento que este descubrimiento marque el comienzo de mi trabajo. Más bien creo que cierra una primera etapa.

Convertirse en autora

Durante años fotografié por intuición. Pensaba que estaba buscando historias en otras personas. Hoy creo que también estaba buscando una forma de habitarme a mí misma.

Quizá ese sea el aprendizaje más importante que me ha dado la fotografía. No enseñarme a mirar mejor el mundo, sino ayudarme a comprender por qué siempre miraba hacia el mismo lugar.

Y quizá eso sea, para mí, convertirse en autora: no encontrar respuestas definitivas, sino reconocer la pregunta que llevaba años acompañándome antes de ser capaz de nombrarla.

Epílogo

Reconstruyendo una intuición es también el punto de partida de un fotolibro y una exposición en los que continúo trabajando. Ambos proyectos nacen de la misma necesidad que ha dado origen a este texto: volver sobre un archivo construido durante años para comprender qué intuición había guiado mi práctica fotográfica desde el principio.

Quizá ese sea también el sentido de ambos proyectos: compartir con otras personas un proceso de descubrimiento que, en realidad, comenzó mucho antes de que yo fuera capaz de ponerle nombre.

Sobre mi forma de trabajar

Aunque este texto habla principalmente del proceso de comprender mi propia práctica, esa manera de entender la fotografía también determina cómo trabajo cuando hago un retrato.

A veces parto de una imagen preconcebida, pero intento que el resultado no dependa de ella. Me interesa que la fotografía aparezca durante el encuentro con la otra persona, dejando espacio para la conversación, el silencio y todo aquello que no puede planificarse. Muchas de las imágenes que terminan formando parte de un proyecto surgen precisamente cuando dejamos de intentar hacer una fotografía y simplemente compartimos un momento.

El encuentro antes que la fotografía

Trabajo con una Canon EOS 5D Mark IV, una cámara con la que me siento completamente cómoda. Para la mayoría de mis retratos utilizo un Canon EF 50 mm 1.4, porque me permite mantener una distancia cercana y una relación muy directa con la persona fotografiada. Cuando necesito mayor flexibilidad, especialmente en espacios reducidos o retratos más abiertos, recurro al Canon EF 24-70 mm f/2.8.

Utilizo tanto luz natural como iluminación artificial, dependiendo de las necesidades de cada proyecto. No lo entiendo como una decisión estética cerrada, sino como una herramienta al servicio de la imagen. En cualquier caso, intento intervenir lo menos posible en la escena para que la cámara no condicione el encuentro. Busco espacios cotidianos o edificios emblemáticos y una iluminación que acompañe a la persona, en lugar de imponerse sobre ella.

A menudo paso más tiempo conversando que fotografiando. Para mí, el retrato empieza mucho antes de levantar la cámara y continúa después de bajarla. La fotografía es solo una parte de un proceso que tiene más que ver con la confianza que con la técnica.

La edición como una prolongación del acto fotográfico

La edición es el momento en el que mi formación en pintura aparece. Más que corregir una imagen, siento que vuelvo a entrar en ella y la trabajo por capas, como si estuviera construyéndola de nuevo. Me interesan los negros profundos, los blancos luminosos y, sobre todo, la riqueza de las tonalidades intermedias, donde los grises, las texturas y las pequeñas variaciones de luz terminan definiendo la atmósfera de la fotografía. Busco una estética atemporal, en la que la edición no transforme la imagen, sino que refuerce la emoción y el recuerdo del encuentro.

Todas las fotografías parten de imágenes originales realizadas por mí. No utilizo inteligencia artificial para generar o alterar el contenido de las imágenes; cualquier herramienta basada en IA se emplea exclusivamente en procesos de edición y mejora técnica sobre mis propias fotografías.

Al final, la cámara, los objetivos o el software son herramientas importantes, pero nunca el punto de partida. Lo que realmente guía mi trabajo sigue siendo la misma pregunta que atraviesa este texto: cómo crear las condiciones para que alguien pueda sentirse, aunque solo sea durante un instante, completamente presente frente a la cámara.

Sobre la autora

Lucía Lamata (Madrid, 1993) es fotógrafa y artista visual especializada en retrato contemporáneo. Su práctica explora la identidad, el cuerpo y las relaciones humanas a través de la fotografía, entendiendo el retrato como un espacio de encuentro más que de representación.

Su trabajo ha sido expuesto en festivales como PHotoEspaña y en exposiciones individuales y colectivas en España, Reino Unido, Italia, Japón y Estados Unidos. Sus fotografías también han formado parte de libros, revistas y publicaciones nacionales e internacionales.

Formada inicialmente en pintura, esa influencia continúa presente en su manera de construir las imágenes y en un proceso de edición que entiende como una prolongación del acto fotográfico. A lo largo de su trayectoria ha desarrollado una práctica basada en el encuentro con las personas retratadas, investigando cómo la fotografía puede convertirse en un lugar de presencia, pertenencia y descanso.

Actualmente trabaja en varios proyectos en desarrollo pero aquí nos presenta “Reconstruyendo una intuición”, un proyecto que reúne fotografías realizadas a lo largo de varios años y que se materializará en un fotolibro y una exposición. El proyecto nace de una revisión de su propio archivo y de la voluntad de comprender la intuición que ha atravesado toda su práctica artística.

Lucía Lamata fotógrafa de retrato contemporáneo
Lucía Lamata
Fotógrafa y artista visual

Especializada en retrato contemporáneo, Lucía Lamata desarrolla una práctica artística centrada en la identidad, el cuerpo y las relaciones humanas. Su trabajo entiende la fotografía como un espacio de encuentro, donde la confianza y la presencia tienen más peso que la representación. Ha expuesto en festivales como PHotoEspaña y en muestras celebradas en España, Reino Unido, Italia, Japón y Estados Unidos.

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